Crónica de mi viaje a Cusco (2017)

Un viajecito en tren y una mirada acongojada

Viernes 4 de agosto de 2017
Tren de Aguas Calientes hacia Ollantaytambo de las 9:50 p.m. Me encontraba agotado luego de una ardua semana de turismo intempestivo en la región de Cusco. El último lugar por visitar fue el tan aclamado Machupicchu. Ya eran los últimos días de nuestras vacaciones. El trayecto del viaje en tren era de unas dos horas aproximadamente. El tren de ida fue más amplio que el de regreso, más iluminado y había menos personas viajando paradas, o en su defecto, sentadas en el suelo. Por suerte no me encontraba solo. Mis amigos viajaban conmigo. Nuestras pesadas mochilas eran un estorbo por el poco espacio que había. Parecía como si estuviesen embarazadas y a punto de dar a luz.

A pesar de ello, pudimos encajar más o menos cómodos en nuestros asientos. Cada quien escogía si llevaba su mochila sobre sus piernas o entre sus pies. Yo llevaba la mía entre mis pies, los mantenía apretados para que no se deslice la gaseosa que tenía que cuidar por encargo. No podía quedarme dormido y descuidarla porque iba a ser usada más tarde para combinarla con un roncito para así poder adentrarnos con chispa a nuestra última aventura nocturna en la ciudad de Cusco ni bien lleguemos.

Lo único que quedaba por hacer era dormir, escuchar música o escuchar música mientras dormía. El paisaje por apreciar era casi nulo. Debido a la inmensa oscuridad apenas se podían ver unas cuantas piedras y los rieles del tren que va en sentido contrario. Todo iba bien con el transcurso del viaje, eran dos horas relativamente soportables. Al menos yo podía decir eso porque iba sentado, pero las personas que iban paradas o sentadas en el suelo no creo que opinasen igual.

Fue entonces que mientras deambulaba con la mirada me topé con una que me dejó pensativo y hasta puso en duda mi sentido de la moral. Justo a mi lado derecho había una familia de cuatro integrantes (padre, madre, un niño y una niña) soportando el viaje sin asientos. La madre iba parada junto con su pequeña hija frente a sus piernas. El padre iba igual solo que acompañado de su pequeño hijo. Calculo que la niña tenía unos ocho años. Ella y su madre estaban en dirección diagonal hacia mi asiento.

La niña y yo cruzamos miradas accidentalmente. Luego de eso yo seguí explorando visualmente el ambiente mientras escuchaba música para así poder callar mis pensamientos. Sin embargo, se me dio por volver a ver a la niña. Ella me miró nuevamente, aunque esta vez fue diferente. Sus ojos color café decían algo, había un mensaje inscrito en su mirada, solo que no pude descifrarlo al principio.
Pasado unos minutos volvimos a cruzar miradas. Esta vez me aseguré de que me estuviera viendo a mí y no a mi amigo del costado. Hice una mueca y ella movió los labios a modo de respuesta. Levanté la mano a modo de saludo y ella respondió levantando su dedo meñique. Yo entrecerraba los ojos y ella también. Parecía que solo quería jugar pero en el fondo me estaba diciendo algo específicamente a mí. Como tratando de adivinar, dirigí la mirada hacia lo poco que se veía de mi asiento. Ella desvío la suya hacia el techo y luego la regresó hacia mi asiento.

Entonces fue así como pude darme cuenta de lo que trataba de decirme: “¿Puedes cederme tu asiento?” Todo a través del contacto visual y sin necesidad de decir palabra alguna. Yo respondí moviendo mis ojos a los costados como diciendo “no lo sé, no creo que pueda”. Su petición tácita me inquietó un poco así que opté por distraerme con mi celular. Por desgracia, debido a la ruta que toma el tren, no había señal. No había de otra más que postrarme a observar el oscuro y tétrico paisaje sacado de algún cuento de Edgar Allan Poe.
Pude estar así por unos minutos nada más. Solo por curiosidad, volví a ver a la niña. Ahí estaba su mirada nuevamente, pidiéndome el favor. Aquella mirada no era común. Transmitía cansancio, tristeza y melancolía. Era demasiado para solo ser la mirada de una niña de ocho años. Sabía cómo acomodar todo el rostro para transmitir todo ello. Evidentemente sus ojos eran lo más potente. Empecé a sentir pena.

La niña al parecer estaba resfriada. Se sonaba la nariz seguidamente mientras insistía con la mirada fija en mí.
Conectábamos y desconectábamos las miradas espontáneamente. El cansancio de la niña llegó a un punto en el que se vio obligado a sentarse en el suelo. Su madre hizo lo mismo. Sus piernitas no aguantaban más. La niña veía a su madre y luego me veía a mí. Creo que quería que les ceda el asiento a ambas. La mirada cambió a un tono aún más melancólico. Parecía que lo que más le importaba era que su madre se sentara.

Yo no sabía qué hacer. Me encontraba en una disyuntiva, dividido en dos, en un conflicto interno. Por un lado quería cederles mi asiento a la niña y a su madre porque se notaba que lo necesitaban más que yo. A fin de cuentas yo no tenía sueño, mi jean ya estaba sucio así que no me importaba ensuciarlo más sentándome en el suelo. Cualquier molestia podía pasarse por alto siempre y cuando tuviese mis audífonos para perderme en la música.
Por otro lado, yo pagué por mi asiento en el tren. Además, tenía que mantener las piernas y los pies lo más estirados posible porque me dolían los tobillos producto de la caminata en Machupicchu. Me invadió por completo la duda. Me sentía culpable por la incomodidad de la niña. Sentía que estaba haciendo algo malo cuando en realidad no era así.

También me preguntaba por qué ella decidió hacer contacto visual conmigo y no con otra persona. Yo sabía de alguien que no se merecía su asiento. Justo delante de mí, en el otro bloque de asientos, se encontraba sentado un joven de veinte años aproximadamente que trató mal a su hermano en el trayecto de ida (Ollantaytambo – Aguas Calientes).

El joven es un gordito, de cabello negro y largo, usa lentes y tiene los ojos achinados. Tiene cara de estar siempre malhumorado. Su hermano parece tener trece años. Él es blanco, tiene el cabello corto y los ojos de color marrón claro. Ayer estuvieron peleando por un celular. Al parecer, el mayor no quería prestárselo. Esto hizo que el menor insistiese hasta hacerle perder la paciencia al mayor.

Terminaron forcejeando hasta el punto de golpearse en pleno tren. Su padre los vio, se molestó y les decomisó el celular.
El mayor se mostró como victorioso ante el menor como sacándole pica, lo cual provocó el enojo y frustración de este al punto de que terminó llorando con la mirada fija en su padre. El joven gordito, de cabello oscuro, largo y ojos achinados definitivamente era una mala persona, un patán y abusivo. La niña debió haberlo visto de la manera en que me vio a mí para así quemarlo con la culpa y le cediera el asiento a ella y a su madre.
Sin embargo, no lo hizo. Así como yo tampoco le cedí el asiento. El cansancio de la niña terminó por ahogar su insistencia. Se quedó dormida en los brazos de su madre durante lo que quedó del trayecto.

Una vez llegados todos a nuestro destino, ella despertó, y mientras era llevada en brazos a las afueras del tren, me lanzó esa misma mirada con la que me tuvo dubitativo y pensativo durante todo el viaje. Era una mirada acongojada.

TOP 10: LIBROS QUE ME HAN FASCINADO

Abril rojo

Autor: Santiago Roncagliolo

Año de publicación: 2006

Es un thriller muy bien pensado que tiene lugar en la ciudad de Ayacucho  (de donde proviene el protagonista, Félix Chacaltana saldívar).  Es el año 2000, el terrorismo ha dejado vestigios muy presentes luego de ocho años de la captura de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso.  La historia empieza mostrándonos Continue reading TOP 10: LIBROS QUE ME HAN FASCINADO