Un viaje enfermizo

El día 23 de marzo a las 8:00 a.m estaba junto a mi hermana Giovanna sentadas una junto a la otra en los asientos del avión rumbo a Orlando, Estados Unidos. Las dos estábamos muy emocionadas, la boda de mi tío se aproximaba y soñábamos con lo hermosa que iba a ser.

Después de 6 horas de vuelo, aterrizamos al aeropuerto más grande que habíamos visto. Había una gran cantidad de ascensores e incluso, un tren que nos llevaba de un extremo a otro. ¡Qué impresionante!

Tras largas horas de espera, buscando nuestras maletas, y un carro para rentar, logramos salir de ahí. Encontramos un día totalmente soleado. Las carreteras eran enormes y era realmente tranquilizante ver a través de la ventana kilómetros de bosques escuchando “Meant to be”, la canción favorita de las radios, la cual nos acompañó en todo nuestro viaje. Giovanna y yo solo podíamos pensar en la boda.

Llegamos a la calle “Cagan Oaks”, un nombre bastante peculiar que nos trajo varias risas durante el viaje. Aquí nos espero la amiga de mi tía Verónica, hubiese sido realmente divertido, sino hubiese sentido que la cabeza me pesaba kilos. Empecé a sentir escalofríos, dolor intenso de cabeza, y un dolor fuerte en la garganta. No podía estar pasando eso justo ahí. Recordé que un día antes la garganta me había estado molestando, pero no imaginé que mis amígdalas iban a traicionarme de nuevo, justo en este viaje. Le pedí un termómetro a mi tío, pero no tenía, nadie tenía. Sentía que la frente me hervía, definitivamente tenía fiebre. No podía dejar de pensar en la infección de garganta de la que siempre he sufrido y cómo es que no había pensado en llevar algún antibiótico. ¿Dónde iba a conseguir uno ahí? ¡No podía! Cuando ya no podía más de los nervios, mi tío sacó una bolsa de Inkafarma, llena de desinflamantes y amoxicilinas. Realmente me salvó.

Esa noche sudé más de lo normal y al día siguiente partimos a las 6:00 a.m con rumbo a Destin, un balneario precioso donde iba a ser la boda. Después de 6 horas de carretera, llegamos a una casa en Miramar Beach donde esperaba mi familia. Mientras todos estaban emocionados por verse, yo solo quería una pastilla para la fiebre. Empecé a pedirle a mis tíos y abuela si podían ir por una pastilla, pero con la emoción de la boda que era en unas horas, nadie me hacía caso. Decidí alistarme después de que me dijeron que iríamos de camino a la boda. Al salir, mi tío frena para comprarlas, lo que no consideró es que llevaba al novio en el carro, por lo que apresurado dijo que tendríamos que comprarlas después de la boda.

Al llegar a la playa, mi cabeza explotaba. La novia demoró alrededor de una hora. La brisa de la playa era mi peor enemiga. Nunca en mi vida me había sentido tan mal. Mis tíos, quienes se sentían responsables, ni me dirigían la palabra. El resto de invitados me veían y me preguntaban qué me pasaba. Tenía la piel de gallina, muchísimo frío, y sin tener un termómetro a mi lado, sabía que tenía una de las fiebres más altas que había tenido en mi vida. Gracias a Dios, la novia llegó, la ceremonia fue corta. Y lo que había estado esperando por tanto tiempo, al fin terminó, y no podía haber estado más aliviada. Definitivamente no fue cómo lo esperé. Desde ese día, no me gustan las bodas en la playa.

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